Cómo me hice ateo

Historia de las religiones · Jesús histórico · Ensayo personal
Por Manuel Herranz | manolito.info

Hace cosa de un año, durante una breve estancia en Utah, tierra muy religiosa, un conocido de de musulmana, me preguntó sorprendido de dónde sacaba mis morales si no tenía fe ni creía en Dios (en un Dios). Tal vez por cuestión de edad, tal vez por experiencia con ese tipo de preguntas, le contesté sosegadamente durante nuestro paseo “No necesitas religión para ser una persona moral. Respeto a todos, respeto todas las creencias y vivo en sociedad: no quiero que me hagan lo que yo no haría a nadie”.

Vengo a decir esto porque no hubo una tragedia que me alejase de Dios, ni una discusión con un cura, ninguna “Epifanía”, ni una lectura de Nietzsche a los diecisiete años, que es el rito de paso habitual en estos casos (aunque la hubo como parte de la asignatura de Filosofía). Lo que hubo, con el tiempo, fue el hábito de preguntar quién creó la historia, quien escribió el libro o documento, cuándo, para quién y con qué margen de beneficio. Siempre hay un beneficio (propósito). Apliqué esa pregunta al cristianismo y la pregunta, como suele ocurrir, se llevó por delante buena parte del edificio. A más estudiaba (y he estudiado varias religiones, sus origines hasta el chamanismo inicial desde que la humanidad empezó a razonar), más me daba cuenta de que cada una era eso: un edificio.

No escribo esto para convencer a nadie de nada. La existencia de Dios es una cuestión filosófica que la historia no está en condiciones de zanjar. Es cuestión de fe y yo hace tiempo que no la tengo. Lo que la historia sí puede hacer, con cierta modestia, es explicar cómo un movimiento judío minúsculo terminó siendo la mayor corporación espiritual de Occidente durante mil quinientos años. Y esa explicación, a mí, me bastó. Luego llegó el estudio de otras religiones.

Quien haya seguido estas páginas sabe que el método no es nuevo aquí. Ya lo apliqué al Antiguo Testamento cuando conté cómo la arqueología cuneiforme desmonta las «religiones del libro», y volví a él para explicar cómo, tras el desastre del 587 a.C., Dios perdió su casa y aprendió a viajar sin templo. Lo que sigue es la aplicación del mismo bisturí a mi propia biografía.

El Jesús que probablemente existió

Empecemos por una sorpresa incómoda para el catecismo: existe un consenso académico razonablemente amplio —entre autores tan dispares como Sanders, Meier, Fredriksen, Ehrman o el propio obispo anglicano N. T. Wright, el cual difícilmente estaría de acuerdo con mi conclusión final— sobre quién fue, en términos verificables, un predicador judío galileo del siglo I, discípulo primero de Juan el Bautista, y ejecutado finalmente bajo la autoridad de Poncio Pilato. Eso es mucho más de lo que se suele imaginar. Es bastante menos de lo que afirma la tradición posterior, que tuvo quinientos años y un imperio entero para pulir el relato.

De aquel Jesús anterior al milagro ya me ocupé con detalle en «Antes del milagro estuvo el jornal»: el tekton que la tradición tradujo perezosamente como «carpintero» y que hoy la mayoría de especialistas entiende como artesano de la construcción; Séforis reconstruyéndose a seis kilómetros de Nazaret; una economía galilea donde el pequeño propietario se hundía en la deuda mientras Roma y Herodes cuadraban sus presupuestos. No lo repetiré aquí. Baste decir que aquel retrato no es el del predicador etéreo del catecismo, sino el de alguien que sabía exactamente de dónde salía el dinero y a costa de quién.

Sobre si ese conocimiento hizo de él un reformador económico deliberado o un predicador escatológico con fuerte conciencia social, los propios historiadores que cito discrepan entre sí con una honestidad que se echa de menos en otros campos. Yo, que llevo veintiséis años gestionando empresas, tiendo a sospechar de cualquier relato demasiado limpio sobre las intenciones de un fundador. Lo que sí parece sólido es que su ejecución no fue un accidente burocrático: la crucifixión era, para Roma, una tecnología de terror reservada a quienes amenazaban el orden público, y el letrero sobre su cruz —«Rey de los judíos»— sugiere que alguien, con razón o sin ella, lo tomó por una amenaza política. Tácito lo menciona en los Anales y Flavio Josefo en las Antigüedades judías, de modo que ni siquiera hace falta creer en los Evangelios para aceptar el hecho.

Lo que vino después fue la operación de mayor éxito: convertir a un ajusticiado por sedición en una hierofanía permanente —una manifestación de lo sagrado que ya no necesita defenderse ante ningún tribunal, romano o historiográfico.

La fusión de Constantino

Si la divinización de Jesús fue el primer gran movimiento, la operación de Constantino fue la segunda y, en términos de gestión, la más elegante. Durante siglos circuló la «Donación de Constantino», el documento que supuestamente cedía a la Iglesia autoridad temporal sobre medio Occidente. Lorenzo Valla demostró filológicamente en 1440 que era una falsificación redactada siglos después de la muerte del emperador. La ironía es que no hacía falta falsificar nada: lo que ocurrió en realidad ya era suficientemente audaz sin necesidad de añadirle papeles apócrifos.

Constantino legalizó el cristianismo tras Puente Milvio en el 312, pero siguió acuñando monedas con el Sol Invictus y no se bautizó hasta su lecho de muerte, en el 337 —una póliza de seguro espiritual bastante común entre una aristocracia romana que prefería pecar con margen de maniobra. El Concilio de Nicea, convocado y presidido de facto por él, terminó dotando a la Iglesia de una estructura administrativa que, con el tiempo, calcaría las provincias del Imperio.

Dicho con el vocabulario que mejor conozco: no fue tanto una conversión espiritual como la mayor operación de fusión y adquisición de la Antigüedad, con la peculiaridad de que fue la empresa objetivo, infinitamente más pequeña, quien terminó heredando el organigrama entero del comprador.

Las leyendas que hicieron falta

Toda fusión corporativa necesita, además de un organigrama, un relato que la haga digerible para la plantilla. Aquí conviene ser más prudente de lo que se suele ser en las sobremesas de ateo recién converso.

La fecha del 25 de diciembre es el ejemplo favorito de quien quiere demostrar que todo es sincretismo pagano, y durante años esa fue también mi lectura favorita. La honestidad obliga a matizar: Hipólito de Roma ya vinculaba el nacimiento de Cristo con esa fecha a comienzos del siglo III, es decir, antes de que Aureliano instituyera oficialmente la fiesta del Sol Invictus en el 274. Una parte respetable de la historiografía actual defiende la «teoría del cómputo» —la fecha se calculaba a partir de la supuesta concepción el 25 de marzo, ligada simbólicamente a la Pascua— frente a la tesis clásica del préstamo pagano, que se remonta a Hermann Usener en 1889. No sé cuál de las dos es correcta, y sospecho que quien te lo cuente con total seguridad no ha leído la bibliografía completa. Lo que sí es firme es que los primeros cristianos, herederos de la costumbre judía, no celebraban el cumpleaños de nadie —lo consideraban una vanidad de faraones y de Herodes— y que la fecha de la Navidad tardó siglos en fijarse.

Donde sí hay un mecanismo de apropiación documentado, y con firma, es en la carta que el papa Gregorio Magno envió al abad Mellito en el año 601, conservada por Beda el Venerable en su Historia ecclesiastica: instruye no destruir los templos paganos de Britania, sino rociarlos con agua bendita, instalar reliquias y dejar que el pueblo siga acudiendo al mismo lugar de siempre, solo que ahora adorando al Dios verdadero. Es, probablemente, el documento más honesto que ha producido nunca una institución religiosa sobre su propia estrategia de marketing.

La historia del cristianismo, vista así, deja de ser una revelación y se convierte en un palimpsesto: un pergamino raspado y reescrito una y otra vez, donde bajo la tinta más reciente todavía se adivinan, si se mira con la luz adecuada, los trazos de lo que hubo antes.

Lo que queda

Hacerme ateo no me hizo perder la moralidad, ni falta que me hacía un dios para no falsear las cuentas de mis empresas. Lo que perdí fue la comodidad de una respuesta cerrada. Lo que gané fue algo más entretenido: la certeza de que las instituciones religiosas, como las corporativas, sobreviven no necesariamente porque digan la verdad, sino porque saben mutar exactamente al ritmo que exige el poder de cada época.

(Continuará: Pablo de Tarso y la invención de una religión universal a partir de un predicador que nunca pisó Atenas ni Roma.)


Bibliografía y lecturas

Sobre el Jesús histórico

  • E. P. Sanders, The Historical Figure of Jesus, Penguin, 1993.
  • John P. Meier, A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus, Doubleday, 1991 y ss. (varios volúmenes).
  • Géza Vermes, Jesus the Jew: A Historian’s Reading of the Gospels, 1973.
  • Paula Fredriksen, Jesus of Nazareth, King of the Jews, Knopf, 1999.
  • Bart D. Ehrman, How Jesus Became God, HarperOne, 2014.
  • N. T. Wright, Jesus and the Victory of God, Fortress Press, 1996.

Fuentes antiguas

  • Tácito, Anales, XV, 44.
  • Flavio Josefo, Antigüedades judías, XVIII.
  • Beda el Venerable, Historia ecclesiastica gentis Anglorum, I, 30 (año 731), donde se conserva la carta de Gregorio Magno a Mellito.
  • Lorenzo Valla, De falso credita et ementita Constantini donatione, 1440.

Sobre el origen de la fecha de la Navidad

  • Thomas J. Talley, The Origins of the Liturgical Year, Pueblo, 1986.
  • Steven Hijmans, «Sol Invictus, the Winter Solstice, and the Origins of Christmas», Mouseion, 2003.
  • Andrew McGowan, «How December 25 Became Christmas», Biblical Archaeology Society.

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