Hay historias tan extraordinarias que, si apareciesen en una obra de ficción o de aventuras, posiblemente las tacharíamos de inverosímiles. “La realidad supera a la ficción”, suele decirse. Una de esas historias es la de Manuel José de Frutos Huerta, un segoviano nacido a principios del siglo XIX que, huyendo de la rutina o del destino que le deparaba la vieja Europa, acabó en las antípodas de su patria. Allí, en vez de convertirse en un simple extranjero, se fundió con la cultura local como buen hispano y sembró la semilla de un clan que hoy en día cuenta con más de 20.000 descendientes: los Paniora.

La gran fuga de Port Awanui (1843)

Nacido en 1811 en Valverde del Majano, en el seno de una familia dedicada al comercio de la lana, Manuel José pronto sintió la llamada del océano. Tras cruzar el Atlántico y trabajar en las costas de Perú, terminó enrolado como marinero y ballenero en el navío británico Elizabeth. En 1843, el barco recaló en Port Awanui, una idílica bahía en la costa este de la Isla Norte de Nueva Zelanda.

Fascinado por la belleza del paisaje, la hospitalidad de la tribu maorí Ngāti Porou, y quién sabe si alguna otra razón que Hollywood explotaría cinematográficamente, Manuel desertó. Era consciente de que las autoridades británicas castigaban con dureza la deserción, y la tripulación del barco no tardó en organizar batidas para capturarlo. La tradición oral maorí introduce un pasaje memorable: Manuel logró eludir los registros escondiéndose bajo las voluminosas faldas tradicionales de una mujer maorí de alto rango. Los británicos decidieron dejar al español atrás, el barco zarpó, las velas se perdieron en el horizonte y el segoviano se quedó para siempre en su nuevo hogar.

Para la tribu, aquel hombre alto, de complexión fuerte, de llamativos ojos verdes y con un cabello pelirrojo encendido, no era un invasor; era un Pakeha (extranjero) singular, un exótico espécimen humano dotado de una increíble destreza para el comercio y un carisma que no tardó en ganarse el respeto del jefe local.

El nacimiento de una dinastía: Los Paniora

No tardó Manuel José no solo en adaptarse, sino en integrarse plenamente en la estructura social de la tribu. Su habilidad para negociar el intercambio de herramientas, ropa y tabaco lo convirtió en un activo valiosísimo para los maoríes. Y para consolidar su estatus y sus alianzas, se unió dinásticamente y de modo sucesivo con cinco mujeres de noble linaje dentro de la tribu: Te Herekaipuke, Kataraina, Mihita Heke, Uruhana y Maraea.

De estas uniones nacieron 9 hijos, quienes a su vez dieron vida a 41 nietos y 299 bisnietos. Debido a las particularidades de la tradición y del idioma maorí, que carecía del uso de apellidos al estilo hispano, sus descendientes adoptaron el nombre de su ancestro como identificador familiar. De este modo, miles de neozelandeses ostentan hoy con orgullo los apellidos Manuel o José, reconociéndose como parte del clan de los Paniora (transliteración maorí de la palabra “españoles”).

Escudo de armas único y un olivo sagrado

El orgullo de los Paniora por su herencia nestiza es conmovedor. El clan cuenta con un escudo heráldico propio que resume visualmente su sincretismo. En él, se aprecian las barras rojas y gualdas de la bandera española flanqueando un castillo de Castilla, entrelazados con motivos iconográficos maoríes y una rama de olivo.

Este olivo tiene una carga simbólica real pues fue el propio Manuel José quien plantó un ejemplar en la costa este a mediados del siglo XIX, árbol que sigue en pie, cuidado con devoción y catalogado como un elemento sagrado (tapu) por sus

Escudo heráldico de los Paniora
Escudo heráldico de los Paniora

En las últimas décadas, los descendientes de Manuel José han trabajado para construir un puente cultural de forma oficial. Delegaciones de maoríes Paniora han viajado en repetidas ocasiones a Valverde del Majano para pisar la tierra de su antepasado. Como muestra de gratitud y hermandad eterna, erigieron en el pueblo segoviano un pouwhenua (un tótem maorí tallado con incrustaciones de jade) que custodia el paisaje castellano, recordándonos que las fronteras de la sangre y la historia son mucho más elásticas de lo que los mapas y algunas personas nos quieran hacer creer.


Sobre el autor: Este artículo ha sido escrito por Manuel Herranz, apasionado de la historia, la tecnología lingüística y las crónicas de conexiones culturales transoceánicas.

Fuentes y enlaces de interés:

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